Alejandro Isturiz Chiesa – Carmen Cruz

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Alejandro Isturiz Chiesa : Carmen Cruz

Carmen Cruz, la asistente de Alejandro Isturiz Chiesa,  había analizado profundamente el pasado de Carolina Salvo. A costa de un trabajo de chinos que a menudo permitía recolectar informaciones inesperadas, empezó por encontrar todos los nombres de sus compañeros de promoción de las Bellas Artes de la Universidad de Barcelona, luego contactó con estos antiguos estudiantes. Sin embargo, en este caso, todas las opiniones coincidían hacia la misma dirección: en aquella época lejana, Carolina Salvo era una joven mujer estudiosa, alegre y dinámica. No procuraba llevarse el título de reina de belleza o de chica la más popular sino que se esforzaba en tener éxito en los estudios y no dejarse llevar por los tópicos de la juventud dorada de la Costa Brava. Carolina Salvo había fraternizado con Mariana Hansen desde su tercer año, las dos estudiantes compartían la misma pasión por la pintura hiperrealista, sobre todo la de los artistas americanos de los años mil novecientos setenta.

Socialmente, Mariana Hansen era la antítesis perfecta de Carolina Salvo. Era originaria de una familia pobre del centro de los Países Bajos, en alguna parte cerca de Amersfoort, en una región atrapada entre las tradiciones calvinistas y la modernidad decadente de las ciudades del Randstad como Amsterdam o Utrecht. Dotada para las artes plásticas, había empezado un primer ciclo de estudios superiores en su país natal antes de salirse con una beca, que provenía de la Comunidad europea,  para estudiar en España.

Mariana Hansen hablaba con fluidez el español, el inglés y el alemán. Trabajaba en una agencia de viajes para mejorar sus condiciones de vida. Su relación con Carolina Salvo fue percibida por sus pares estudiantes como más que simbiótica: las dos mujeres jóvenes solían actuar como si fueran hermanas y pasaban mucho tiempo juntas. Unos rumores persistentes les atribuían una relación íntima aunque nadie pudo averiguarlo nunca.

Tanto como Mariana Hansen nunca se mostraba con novios en público, tanto Carolina Salvo exhibía amores fugaces con jóvenes artistas, casi siempre nacidos de un medio social menos favorecido que el suyo. Carolina Salvo se negaba a formar parte de la vida fácil de las chicas de buena familia. Proclamaba de buen grado que no acabaría como ama de casa,  casada con un notable barcelonés o con un dirigente madrileño. No caía en las trampas tendidas por los seductores locales, estos estudiantes de ciencias empresariales o de facultad de derecho cuyos padres aseguraban el tren de vida a base de giros bancarios de cuatro cifras. Luego llegó Pedro García.

El joven hombre era un poco de mayor edad que ella cuando se encontraron en un tren que iba de Madrid hasta Barcelona. Según las personas que Carmen Cruz había conseguido hacer hablar, este encuentro fue un flechazo. Carolina Salvo repartía su tiempo entre el fin de sus estudios, su pareja con Pedro García y su amistad intensa con Mariana Hansen. Este punto se hizo el ángulo de ataque de la asistente de Alejandro Isturiz Chiesa para obtener informaciones no siempre verificadas sino que muy reveladoras de la personalidad verdadera de Carolina Salvo.

A primera vista, era difícil hacer preguntas sobre una celebridad local cuya esfera de influencia era conocida de todo el microcosmos barcelonés. La familia Salvo le daba miedo a la gente local. Bastaba con citar este apellido y el discurso se volvía convencional, tomaba el aspecto del políticamente correcto que las familias burguesas solían usar para esconder sus trapos sucios. Sin embargo, Carmen Cruz pudo contar con su buena suerte. Sin ni siquiera recurrir a un trébol de cuatro hojas: encontró a un ex novio de Carolina Salvo, uno de estos artistas malditos cuyo genio no sobrepasaría nunca el recinto de su barrio.

Con lo civil, este músico desconocido se llamaba Javier Barroso pero insistía en usar un seudónimo menos anticuado, el de Jonny Lexington, en homenaje a una canción desconocida de un grupo de rock alternativo británico de finales del siglo veinte. A Carmen Cruz no le costó ningún trabajo convencer al señor Barroso que fuera al grano. Sólo tuvo que mencionar sus relaciones con el medio musical madrileño, sobre todo con los productores de música de películas que buscaban a compositores aún vírgenes de toda perspectiva mercantil. En pocas palabras, Carmen Cruz le había dejado pensar que pudiera contar con ella para llegar hasta la capital y para empezar con una carrera incluso teniendo más de cuarenta años.

Al parecer,  su estratagema había funcionado de maravilla porque la próxima estrella Jonny Lexington estaba de pie, delante de ella, en un lugar privado de un hotel barcelonés.

– Jonny, me gustaría percatar de la amplitud efectiva de las relaciones entre Carolina Salvo, Pedro García y Mariana Hansen, explicó Carmen Cruz después de las cortesías habituales y de unas copas de vodka. Investigo sobre la desaparición de Pedro García. Tengo que reconstituir su vida así como la de su mujer desde su encuentro. Permanecen sin embargo unas zonas oscuras que me gustaría subsanar. Tranquilizase: lo que usted dirá se quedará entre usted y yo. Jamás mencionaré su nombre.

– Carmen, no temo la ira de la mojigata Carolina Salvo. En mi situación, no tengo nada que perder. La dama no se interesa por los fracasados como yo. Pondría mi mano en el fuego que ni siquiera se acuerda de nuestros amores pasadas y de nuestras ardientes noches.

– ¿Cuando usted estaba con Carolina Salvo, cómo consideraría su relación con Mariana Hansen? Le pregunto esto para comprender bien al tipo de mujer que era Carolina Salvo  antes de encontrar con Pedro García.

– Carolina Salvo me quería a su lado por lo que representaba, es decir nada más que un símbolo: un pito catalán a su medio social que tomaba el aspecto de una especie de rebelión de la adolescencia, un ejemplo de su voluntad para mostrarle a sus padres que le importaba poco su opinión sobre el recorrido ideal que debe seguir una jovencita formal. Habría podido consumir drogas o hundirse en el alcohol, incluso habría podido afiliarse a una comunidad hippy pero el hecho de degradar su imagen no era su estilo. Sí, Carolina quería desmarcarse de su medio pero manteniendo una imagen pura de mujer que no tiene defectos.

– Sin embargo Jonny, usted en su postura de músico rebelde ya encarnaba los abusos de todos tipos.

– Precisamente querida Carmen, Carolina Salvo se exhibía conmigo como si fuera una  princesa azul y yo un músico callejero recién salido del patio de los milagros. No era feo. La mayor parte de las chicas de la facultad me corrían detrás en busca de no sé qué sensaciones fuertes. Podía hacer lo que quería de esta manada de vírgenes burguesas que cambiaban con mucho gusto el agua bendita por sustancias alucinógenas para acabar invariablemente al horizontal en mi camacita. Eso es tanto como decir que era un poco como el lobo feroz para estas jóvenes muy sosas. Este estatuto interesó a Carolina Salvo para forjarse una reputación de domadora y de mujer fatal. En su juventud, la asistente de Alejandro Isturiz Chiesa había encontrado a muchos hombres como ese Javier Barroso. Formaba parte de estas jóvenes estudiantes convencionales que valían de miles de excusas a estos artistas de imitación para producir clichés y coleccionar problemas. También había pecado, con exceso de rebelión, trayendo a veces a algunos chicos en su cuarto de estudiante para terminar la fiesta en medio de botellas de whisky, cigarrillos jamaicanos y dándose un buen revolcón. Sin embargo, se había cansado muy rápido de estos placeres fútiles, de estos despiertos matinales en los cuales el orgulloso trovador no resultaba ser más que un vulgar batracio. Por esta razón, prefería la compañía de las mujeres.

– Jonny, cuénteme cómo Carolina Salvo se portaba con usted y cuál era el papel que desempeñaba Mariana Hansen en esta relación. Usted puede silenciar sus proezas sexuales. No trabajo por un periodicucho en búsqueda de primicias jugosas sobre las altas esferas de este mundo.

– Es muy simple. Carolina Salvo me paseaba por todas partes como si fuera un pelele con correa y me controlaba no por el sexo, en el que reconozco que sobresalía con suma, sino que por el encanto venenoso de la mantis religiosa. Me moría por ella. Mis sentimientos para con ella superaban con mucho el amor razonado y entraban en la categoría de la pasión fatal. Me habría cortado el pelo para ella, habría abandonado la música y me habría hecho banquero si me lo hubiera pedido.

– Usted no se hizo lo que acaba de describir, entonces deduzco que Carolina Salvo le tomó tal como era.

– Fue incluso peor que eso. Me prohibía sosegarme y me animaba para que tirara la casa por la ventana.

– A pesar de todo esto, usted sigue siendo vivo. ¿Qué le salvó a usted?

– Una cosa simple, uno de los siete pecados capitales: la gula. Le propuso hacer un trio sexual con Mariana Hansen. Estoy convencido con que era el límite al pequeño juego que se inventaba.

– ¿Qué ocurrió?

– Aceptó acto seguido, por lo menos era lo que me dio a entender. Sólo estableció unas condiciones: debía alquilar una suite en el hotel más grande de Barcelona, pedir unas botellas de champán y esperarlas totalmente desnudo en la cama.

– ¡Vaya cuento! ¿Qué le pareció a usted en aquel momento?

– Ni siquiera me imaginé que pusiera ser una burla. Procedí exactamente según me lo había exigido. A las ocho aquella tarde, sigo acordándome de que era un viernes, Carolina Salvo llamó a la puerta y me levanté para abrirle. La acompañaba Mariana Hansen. Las dos preciosidades iban vestidas de sus más llamativos trajes de etiqueta. Bebieron varias copas de champán conmigo, dejándome desnudo y excitado hasta el límite, luego salieron del cuarto sin dar más justificaciones. Es en este momento que comprendí que ya no la divertía más, que iba a por otro juguete que atormentar.

La asistente de Alejandro Isturiz Chiesa se imaginó la escena. Por un lado, el rebelde de poca monta, desnudo en una lujosa suite que había debido costarle todos sus ahorros, por otro, las dos preciosidades fatales vestidas de princesas y bebiendo a sorbitos su champán delante de este sapo muerto de amor. Habían debido reírse mucho al contemplar la tontería del  hombre. Incluso era muy probable que animaran al joven músico, con miradas melosas y alusiones sexuales, para que fantaseara sobre los acontecimientos que iban a seguir.

A pesar de todo, Carmen Cruz no lograba sentir lástima por Javier Barroso. Al mucho jugar con fuego,  terminó quemándose. Lo que llamaba la atención de la mujer joven residía en la crueldad planificada por las dos cómplices. Obviamente ninguna relación de dominio existía entre ellas. Parecían ser como brujas jugando con un gran insecto antes de ponerlo vivo en su marmita infernal.

Carmen Cruz decidió proseguir con el tema principal. Debía comprender mejor qué tipo de trío formaban Mariana Hansen y Carolina Salvo con el romántico Pedro García.

– Volvamos a Pedro García. ¿Conocía usted a Pedro?

– Me encontré con él repetidas veces justo al principio, cuando aún acababa de  instalarse en Barcelona. Cada vez, el azar nos llevó al mismo lugar en el mismo momento. Me parecía muy simpático pero no predecía para él un porvenir largo y radiante con Carolina Salvo.

– ¿Por qué predecía esto?

– Simplemente porque se parecía a un bonito perrito que le daba fácilmente la mano a su ama. Para mí, Carolina Salvo buscaba un tigre que domar, un animal que habría podido estar orgullosa de haber domesticado pero que seguiría estando peligroso. Pedro García no correspondía a este perfil. Pensaba que aburriría a Carolina en menos de seis meses. En este punto me equivoqué. En cambio no pienso que su vida ha sido radiante, salvo al principio cuando todavía vivía con la ilusión y desempeñaba su papel de princesa azul mientras que en realidad era la reina maléfica.

– ¿Cómo se portaba Carolina Salvo con Pedro García, por lo menos en público?

– Actuaba como si fueran la perfecta pareja: cada vez que aparecían en alguna parte, daban la misma impresión que un príncipe heredero con su encantadora prometida. Los periódicos barceloneses habrían podido vender tiradas enormes con aquellos dos si hubieran sido aristócratas de verdad o miembros de la familia real española. En nuestro microcosmo de jóvenes y aún más en el de los estudiantes pudientes, eran incontestablemente estrellas. Por lo demás, Carolina Salvo velaba por amplificar este estatus.

– Salgamos de los caminos batidos de su experiencia personal y andamos un poco por la ruta de los cotilleos de todo tipo. ¿Cuáles eran los rumores que hablaban de ellos?

– No prestaba atención a los rumores.

– ¡Esfuércese un poquito por favor! Trate de recordar lo que se decía sobre ellos en aquellos tiempos.

– ¡Vale! Lo que oía, procediendo de envidiosos o de aficionados a embolismo, convergía siempre hacia el mismo postulado: era Carolina Salvo quien llevaba los pantalones  y Pedro García le servía de escaparate. Algunos incluso contaban que Carolina Salvo había usado a Pedro García para crear la primera galería con Mariana Hansen. Hoy en día, nadie le serviría esta tesis debido al poder de la familia Salvo y a su red de influencia.

La asistente de Alejandro Isturiz Chiesa tomó consciencia de que había encontrado una joya como las había pocas. Javier Barroso ya no solo era motivado por la sola posibilidad de una conexión con los productores de música en Madrid sino también por un deseo de venganza  personal. Carolina Salvo lo había humillado mucho, con la ayuda de su amiga Mariana Hansen, y ya era hora de mostrarla tal como era, y no según la imagen que se había ido construyendo durante todos estos años.

Javier Barroso se sentía como si fuera de la cuerda de un genio redentor, de un arcángel de la última verdad. A Carmen Cruz no le quedaba más que mantener esta voluntad de confesar sus pecados y los de los demás; cuidando sin embargo a limitar el consumo de alcohol del penitente para preservar sus oportunidades de durar toda la noche. Por eso había tomado sus precauciones vertiendo en la botella de vodka un coctelito químico preparado por Alejandro Isturiz Chiesa, una especie de poción destinada a obstaculizar los efectos negativos de los licores espirituosos al tiempo que prolongaba el estado de vigilia del sujeto. Esta poción se revelaba tan fuerte como una bomba de aspirina con la energía de una línea de cocaína. De acuerdo con su preparador Alejandro Isturiz Chiesa, los únicos efectos secundarios, aparecían solamente en las veinticuatro horas que seguían la última ingestión, bajo la forma de varios trastornos digestivos dignos de los más desagradables tratamientos laxantes.

Sólo con pensar en Javier Barroso, aislado por no haber otro remedio en el cuarto de servicio de su miserable cuchitril, Carmen Cruz  sintió a pesar suyo una especie de placer sádico. “Sólo le faltaran hemorroides. ¡Sería el acabose!”, se sorprendió a pensar la joven asistente de Alejandro Isturiz Chiesa. “¡Cuando uno quiere purgarse la memoria de sus fechorías pasadas, tiene que saber absolutamente vaciar sus intestinos!”, tenía costumbre de entonar  Alejandro Isturiz Chiesa cada vez que preparaba su brebaje secreto.

– ¿Sabe usted cómo ha sido creado este primer negocio de galería de arte?

– Lo único que sé de eso es lo que me contaron unas personas cercanas y lo que lo se decía en los medios expertos. La idea vendría de Carolina Salvo y Mariana Hansen mientras Pedro García trabajaba por una agencia local de comunicación. Todo el concepto ha sido elaborado tomando como base las ideas innovadoras de la joven estudiante neerlandesa. Imaginó un sistema original de distribución de las obras expuestas y lo animó de una ingeniosa estructura financiera basada en royalty con exención de impuestos apoyada por una sociedad pantalla situada en Salamanca. Carolina Salvo se aprovechó de su apellido y de la notoriedad de su familia además de unos soportes políticos para conseguir una clientela prestigiosa. Por añadidura, reunió los fondos indispensables para adquirir todas las infraestructuras necesarias y para financiar una campaña de comunicación orquestada magistralmente por Pedro García.

Detrás de este golpe maestro digno de las empresas tecnológicas incipientes de la Silicona Valley americana, se esconde una maniobra tan genial como las de Nicolas Machiavel. Carolina Salvo repartió las partes de esta empresa de holding entre cuatro accionistas: un fondo de inversiones privado controlado a escondidas por miembros de su familia, Mariana Hansen, Pedro García y ella misma por supuesto. Para ocultar su control de la nueva empresa, confió la dirección artística a Mariana Hansen y le prestó dinero para comprar su parte del capital social. Así la verdadera creadora de esta joya empresarial no se dio cuenta del engaño. Antes de tiempo, se sintió a salvo de una futura marginación, sobre todo porque se beneficia de un cuarto de los derechos al voto del consejo de administración. Lo que no sabía, era que Pedro García había firmado un protocolo de acuerdo con Carolina Salvo para garantizarle la mayoría absoluta. Sin duda usted debe conocer lo que sigue, de lo contrario usted no estaría aquí pidiéndome que le cuente el origen de esta compañía.

– Me interesa su versión.

– Pedro García sufría cada vez más el dominio de Carolina Salvo. Hablando de eso, esta última se casó con él muy deprisa y le dio unos niños para mejor controlarle. Cuando la primera galería de arte sobrepasó sus objetivos, Mariana Hansen tuvo otras ideas para convertir este éxito local en grupo europeo. Persuadió a los artistas famosos de asociar su imagen pública con la empresa. Cada uno podía sacar mucho provecho procediendo de este modo ya que los creadores disfrutaban de un ingreso exento de impuestos mientras la compañía justificaba su posicionamiento elitista y sus precios asombrosos con la participación de pintores de primera línea.

Carolina Salvo conseguía vender sus obras a sus clientes riquísimos. Era muy buena en la venta de creaciones artísticas y sacaba partido de eso para crearse una red más allá de la esfera local. En cuanto a Pedro García, mejoraba el enfoque marketing, convirtiendo la empresa en marca de fábrica conocida en todo el continente. Lo que sigue es muy fácil de predecir.

– Supongo que Mariana Hansen hizo una pifia.

– ¡Ojalá sólo hubiese sido eso!, quizás Carolina Salvo habría reaccionado de otra manera. En realidad, Mariana Hansen perpetró un crimen de lesa majestad. Mientras aún no había devuelto la deuda a su socia, quiso tomar el poder en el seno del comité ejecutivo del grupo recién fundado. Al principio, Carolina Salvo la dejó tocar en esa partitura, dejándole controlar el consejo de administración. Al revelarse la empresa muy rentable y con fuerte taza de crecimiento, Carolina Salvo derribó a su opositora luego la echó manu militari sin más formas de discurso que el pacto de socios.

– ¿No intentó defenderse Mariana Hansen?

– ¡Sí! Trató de responder a sus espaldas pidiendo a  Pedro García que le ayudara. Pedro García trató de transigir una vía adecuada para mantener a Mariana Hansen pero Carolina Salvo le hizo volver a la realidad, recordándole su papel de pelele oficial en el ya mencionado protocolo de acuerdo.

Y la guinda del pastel: en vez de limitarse a darle  una indemnización compensativa por despido, equivalente al cuarto de la plusvalía contable de los activos de la empresa, llevó a Mariana Hansen a los tribunales con falaces pretextos como por ejemplo el préstamo que le había concedido para la adquisición de acciones. El círculo infernal estaba cerrado. Mariana Hansen volvió a los Países Bajos con el mínimo sindical y con la prohibición de intentar el menor recurso jurídico que sea so pena de emprender el fuego nuclear que Carolina Salvo empezaría con la ayuda de una serie de abogados. La vejación final ha sido el hecho de firmar un protocolo de salida que daba fe de la validez jurídica de esta pura estafa.

– ¿Cómo puede usted estar al corriente de tantos detalles?

– ¡Elemental mi querido Watson! Uno de los peritos contables de la primera galería era uno de mis amigos de la infancia. Incluso era gracias a mí que había podido conseguir el mandato con esta sociedad. Solía invitarle a menudo  a mis veladas dantescas. Cuando iba con el puntillo, me contaba todas las vilezas de mi antigua conquista.

– ¿Piensa usted que éste estaría de acuerdo para concederme una entrevista? Me gustaría tener más detalles sobre esta ya mencionada estafa.

– Usted tendrá que pedir la ayuda de un especialista en espiritismo o usar las mesas giratorias. Se murió de una crisis cardíaca desde hace una buena decena de años.

Carmen Cruz sigo haciendo unas preguntas pero percató muy rápidamente que Javier Barroso había revelado la mayor parte de las informaciones interesantes. También había deducido la continuación de esta historia, con la diligencia de una especialista en derecho mercantil que había estado cerca de volverse cuando estaba en la universidad. Carolina Salvo no sólo había bloqueado el capital y los votos sino también los dirigentes de las filiales y la red de asociados. Además, teniendo en cuenta su gran calidad política, por cierto había garantizado la sostenibilidad de sus rentas a los artistas los más significados si aceptaban unirse con ella. Los pocos fieles a Mariana Hansen probablemente se apartaron de la empresa mientras que los demás reaccionaron de manera egoísta, un comportamiento característico del ser humano cuando se trata de dinero.
Carmen Cruz decidió que había llegado la hora de concluir la sesión. Ofreció a Javier Barroso una copa de champán para celebrar su velada beneficiosa. Este último se imaginó ciertamente que la hermosa asistente de Alejandro Isturiz Chiesa daba a entender que la noche sólo acababa de empezar y que después de lo útil, había llegado la hora de pasar a lo agradable. Aceptó la oferta y bebió el brebaje con gas que Carmen Cruz había cuidado mezclar con el otro producto preparado por Alejandro Isturiz Chiesa. Cuando el antiguo seductor se durmió en el sofá, Carmen Cruz recogió sus cosas, bajó a la recepción para llamar un taxi y pagar su nota. “Definitivamente, siendo Javier Barroso o Jonny Lexington, este perdedor no entenderá jamás a las mujeres.”, pensó la asistente de Alejandro Isturiz Chiesa de camino hacia su hotel en Barcelona.