Corteza – Alejandro Isturiz Chiesa

Corteza

Alejandro Isturiz Chiesa regresó a Madrid en el tren de mediodía. Informó a Carmen Cruz y a Marco Vila de lo sucedido durante su entrevista con Mercedes Ruiz. También les expuso su estrategia según la cual había que presionar al Doctor van Heuvel para que revelara sus intenciones. Para llegar a este fin, hacía falta que la engañifa pareciera auténtica. Marco Vila iba a fabricar elementos bastante consistentes para que, a un investigador experimentado, se le pareciera que un tercero ajeno a Corteza espiaba al equipo de Alejandro Isturiz Chiesa y que le proporcionaba informaciones falsas. Al menos en cierto sentido, sólo era una pequeña mentira, un arreglo de la verdad en la medida en que nada indicaba lo contrario; además, seguro que de algún modo, Garganta Profunda debía de estar desempeñando un papel en esta manipulación. Al respecto, el detective privado ni siquiera se preguntaba quién era su informador anónimo y cuál eran sus motivaciones. Había decidido instrumentalizarlo en vez de intentar entender lo incomprensible.

Tenía muchas ventajas este estratagema de la engañifa. El primer era hacer salir al sospechoso del fondo de su escondite enviándole humo. El segundo consistía en reducir el margen de maniobra de Garganta Profunda y de sus empleadores ya que estos últimos se sentirían obligados a abrir un tercer frente. El último era la guinda del pastel: podía hacer que sus colegas de Corteza encargados de vigilarle se tragaran cualquier cosa.

Lo que también había explicado Alejandro Isturiz Chiesa a su equipo se podía resumir en un solo gran inconveniente: al sentirse acorralado y en peligro, el depredador podría decidir morder. Si era un pequeño zorro del campo, el peligro quedaba mínimo pero en el caso de que fuera una criatura de envergadura nadie podría predecir la amplitud de la mordedura. Por eso, había que aumentar las precauciones, no en la puesta en pie del simulacro sino más bien en su vida cotidiana de investigadores privados que eran. Fabricándose un enemigo imaginario, se habían vuelto peones que un jugador ofensivo sacrificaría sin pesares.

En lo que se refería a Carolina Salvo, Alejandro Isturiz Chiesa procedió con ella a los compendios usuales de situación y le confirmó que estaba siguiendo el rastro de Mercedes Ruiz, rastro que le parecía prometedor. La rica barcelonesa creía tanto en una venganza antigua para explicar la desaparición de Pedro García que no le preguntó nada más a Alejandro Isturiz Chiesa. Su antigua rival tenía mil razones para estar resentida con Carolina Salvo. Su papel de competidora económica le daba más crédito a la hipótesis de Alejandro Isturiz Chiesa. Este último había conseguido confirmarle la tesis del complot procediendo de los Países Bajos. Le agradeció por seguir este rastro y abrir así un nuevo campo de investigación que las investigaciones precedentes habían tanto ignorado.

La respuesta de Corteza se manifestó rápidamente. Carmen Cruz informó a su patrón que las autoridades dirigentes deseaban determinar el grado de evolución del expediente. Una cita interna iba a tener lugar en los departamentos europeos de la agencia, en el centro de Londres. Alejandro Isturiz Chiesa fue en el mismo lugar para reunirse con los socios británicos.
– Buenos días señor Isturiz Chiesa, dijo el primero, nos gustaría tener una síntesis breve de su investigación.
– Tranquilizase, de  ningún modo no se trata de poner en tela de juicio la pertinencia de sus trabajos y la calidad de su equipo, añadió el segundo.

– No me ofendo de ninguna manera con su demanda, contestó el detective privado. Carolina Salvo es una clienta de lo más escogido. Me parece normal que ustedes quieran tener más informaciones sobre nuestra evolución en este expediente delicado.

El primer socio se llamaba John Mc Guffin. Se parecía al cineasta Alfred Hitchcock, un gran hombre del séptimo arte en el siglo veintiuno. Su colega venía de China donde había pasado su tierna juventud antes de despegar hacia el Reino Unido. Se nombraba Ming Lee Fu, llevaba el apellido de su ascendencia asiática como si fuera un trofeo.
– La investigación ha progresado muy bien. El ovillo sigue desenrollándose a pesar de la presencia incongruente de un tercero.
– Empecemos pues por el hilo de su investigación, pidió Mc Guffin.
– Todo nos lleva a pensar que presionaron a Pedro García para que desaparezca. En esta etapa todavía  no sabemos si está muerto o vivo pero lo seguro es que está pagando para errores del pasado. Había fundado la galería de arte con Carolina Salvo y otra persona conocida con el nombre de Mercedes Ruiz. Esta última ha sido excluida del negocio de una manera brutal que mi clienta no refuta.
Desde entonces, la señora Hansen rehízo su vida y se casó con un rico neerlandés. Creó una empresa gigante  experta en el comercio del arte y bastante bien  implantada en los países nórdicos, en un eje Londres – Berlín. En pocas palabras, controla al competidor europeo más importante de Salvo y García.

Esta situación y la exclusión que sufrió hace una veintena de años constituyen dos móviles suficientes, incluso separados, para montar una operación criminal contra Carolina Salvo utilizando al eslabón débil que era su esposo. Encontré yo mismo a Mercedes Ruiz en Ámsterdam. Pienso que hay que seguir profundizando esta vía.
– Sus argumentos tienen sentido, confirmó John Mc Guffin. Creo que usted tiene la sartén por el mango. Si necesita recursos suplementarios, usted puede contar con nuestro apoyo.
– Gracias por su confianza, dijo Alejandro Isturiz Chiesa. Por otra parte, Carolina Salvo me informó que financiaría con mucho gusto  nuestra investigación a cualquier precio.
– Usted habló de un tercero, observó Ming Lee Fu. ¿Puede usted  hablar más de eso?
– Mi equipo está vigilado constantemente por agentes desconocidos. Yo mismo sufrí manipulaciones a través de un informador anónimo que se había enterado perfectamente del expediente y que supo contestar a todas  mis preguntas, respondió Alejandro Isturiz Chiesa. No sé si actúa por cuenta de Mercedes Ruiz o por cuenta de Carolina Salvo pero lo que resulta obvio es su posición dominante en el corazón de mi investigación.

– ¿Qué planea usted? Preguntó Ming Lee Fu.
– En esta etapa, me haría falta que un equipo encubierto de Corteza me cubriera las espaldas. Por eso propongo que ustedes encomienden a agentes de la compañía para vigilar a mi equipo y yo. En cierto modo, siguiendo nuestro rastro ustedes  pueden al mismo tiempo seguir el rastro de este tercer equipo o es el quien les sigue el rastro.
– Esto suena muy complicado, objetó John Mc Guffin.
– Ustedes acaban de  proponerme recursos. Ahora intento explicarles cómo se podrían utilizarlos con ingenio, replicó Alejandro Isturiz Chiesa. La técnica que acabo de exponerles ha sido utilizada por el servicio de contraespionaje americano y británico contra el K.G.B, en los tiempos de la guerra fría. Ha demostrado su eficacia. Su mayor ventaja fue forzar al enemigo a abrir un segundo frente. No pienso que se desvelará hasta el punto de traicionarse a sí mismo sino que irá perdiendo en potencia y en eficacia.

Por fin, cuento con mis colegas para que me avisen cuando mi equipo estará en peligro, concluyó Alejandro Isturiz Chiesa. No me siento sereno en lo que se refiere a nuestra seguridad porque estamos a poco del fin y este adversario escondido tendrá que actuar con la mayor rapidez posible, sin tomar precauciones. No olvidemos que Pedro García desapareció, no solo su cuerpo sino que también sus bienes.
– Estoy de acuerdo, dijo Ming Lee Fu. Vamos a constituir un equipo interno en carga de su vigilancia y de su protección. Usted entiende bien que tendrá que actuar en la sombra incluso enfrente de sus colaboradores. Contactaré con usted y usted nos contactará en cuanto habrá que tomar decisiones importantes.
– Le agradezco en nombre de mi equipo, contestó Alejandro Isturiz Chiesa.

Continuaron la entrevista hablando de detalles con relación a las finanzas, la logística y otras consideraciones más administrativas. Alejandro Isturiz Chiesa se sometió a las exigencias de su estatus y enseñó su rigor de jefe y gestor. John Mc Guffin hizo lo mismo. Ming Lee Fu lo dejó de buen grado hacer alarde de su ciencia y de su autoridad.

Al volver a París, el detective privado recapituló las lecciones aprendidas de esta reunión. Por un lado, había facilitado su estrategia de engañifa y había detenido la vigilancia interna de los agentes de Corteza haciéndola casi oficial. Además de desviar la espada de Damocles a favor suyo, había obtenido una seguridad más eficaz para sus colaboradores que la que él mismo habría podido dar. Eso no era poco resultado y sobre todo considerando toda la violencia que sospechaba para los próximos días.

La otra enseñanza que había que recordar venía de Ming Lee Fu. Este último se parecía como dos gotas de agua a la injerencia de Pekín en los negocios de la compañía. Esto significaba que la casa matriz tomaba en serio este expediente, no únicamente para la clienta Carolina Salvo.

El primer contacto
El equipo de Alejandro Isturiz Chiesa estableció las piezas de la engañifa. Marco Vila resultó ser un perfecto ilusionista, creó a personajes ficticios que se suponían espiar al detective privado y a sus adjuntos sin dejar huellas evidentes. Carmen Cruz dejó caer pequeñas piedras aquí y allá, con el fin de volver el decorado todavía más realista.

Los funcionarios de Corteza cumplieron con sus compromisos: reforzaron la vigilancia de Alejandro Isturiz Chiesa y de sus colaboradores, quedando muy discretos. De aquí en adelante, la seguridad de Carmen Cruz y Marco Vila parecía asegurada más allá de las esperanzas de Alejandro Isturiz Chiesa, como si Ming Li Fu hubiera comprendido el papel importante desempeñado por estos supuestos segundos de abordo, en un caso de esta importancia.

En este contexto más sereno, Alejandro Isturiz Chiesa podía darle mayor proporción a su talento de director de orquesta. Aprovechó la ocasión para hablar de los últimos detalles en cuento a María Morente, y eso con el fin de sacarla definitivamente del juego. La exnovia de Pedro García se reveló tan inocente como lo previsto. No sólo no tenía la intención de ayudar a su ex compañero sino que además, temía realmente la ira de Carolina Salvo.

Una tarde, mientras regresaba tranquilamente a su casa, escoltado en la sombra por dos agentes de Corteza, una mujer madura abordó a Alejandro Isturiz Chiesa en la calle.
– ¿Qué hora es, Señor?
– Son exactamente  las siete y treinta minutos, contestó el detective privado mirando su reloj.
La desconocida miró fijamente a los ojos de Alejandro Isturiz Chiesa luego dejó caer su bolso de mano en un movimiento accidental. Con la diligencia de un caballero, Alejandro Isturiz Chiesa se agachó para recogerlo.
– Aquí tiene su bolso, Señora.
– Usted es muy amable, Señor.
– Es normal. ¿Qué sería nuestra civilización si la cortesía no existiera?
– Ciertamente poca cosa, lo temo. Jamás espero conocer tal época.
– Yo también.
– Todavía le agradezco.
– Le deseo una buena tarde.

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