Mercedes Ruiz – Alejandro Isturiz Chiesa

Alejandro Isturiz Chiesa determinó que no tenía más posibilidades de  hacer avanzar su investigación. Al ver su experiencia supuesta en materia de espionaje y en materia de malas jugadas, el Doctor van Heuvel no sería fácil de desenmascarar. Pues había que intentar rodear el obstáculo. Para alcanzar este resultado, parecía que sólo Mercedes Ruiz estaba preparada para esto. Este razonamiento era muy temerario. El detective privado lo sabía. Con un enfoque poco convencional se podía garantizar un resultado fantástico o un total fracaso. Sin embargo, estaba en una vía muerta, al igual que los otros investigadores públicos o privados que habían trabajado en la desaparición de Pedro García. Para él, en el peor de los casos, podría hacer tan bien como ellos, lo que significaría permanecer en la confusión, con la sola intuición de su equipo a modo de punto de indicación.

Una vez más, decidió configurar de nuevo sus recursos. Carmen Cruz investigaría sobre el matrimonio de Mercedes Ruiz mientras que el inefable Marco Vila enfocaría sus investigaciones en Tritón Software y en el Doctor van Heuvel. En ambos casos, sería andar pisando huevos. Al hacerse calar, el sospechoso podría empezar a establecer contramedidas contra las cuales, tal vez, no sería suficiente la protección de Corteza.

Alejandro Isturiz Chiesa recomendó a sus dos asistentes la mayor prudencia, ya que según él, corrían un gran riesgo. El ejemplo de Pedro García les era suficiente para medir el poder del adversario en presencia. Por su parte, el detective privado no podía realmente contar con Carolina Salvo pero jugaría esta baza en el momento más oportuno. Para él, Carolina Salvo podía perfectamente llegar en mal momento. “Es  cuando se sacude el árbol que se caen las mejores frutas. ” Le decía su abuela.

Unos días más tarde, Alejandro Isturiz Chiesa estaba en Ámsterdam dónde había alquilado una habitación de hotel. Disponía de informaciones complementarias reunidas por Carmen Cruz a propósito de  la vida marital de Mercedes Ruiz. No había nada especial que señalar en la existencia bien arreglada de gran burguesa neerlandesa como la de Mercedes Ruiz. Ordenó una sala privada equipada de una línea exterior luego llamó por teléfono la oficina de Mercedes Ruiz.
– Buenos días, dijo en inglés ya que no hablaba el holandés, desearía hablar con la señora Mercedes Ruiz.
– ¿De parte de quién? Contestó el guardián de servicio, una asistente de dirección de quien había conseguido obtener la línea directa de teléfono.
– Dígale que es Alejandro Isturiz Chiesa, de parte de Carolina Salvo.
– Espere en línea por favor.

El detective privado  había voluntariamente dado de firme. Mencionar el nombre de su clienta por cierto iba a provocarle un electrochoque a Mercedes Ruiz. Contaba precisamente con este efecto de sorpresa para conseguir una cita informal con ella en el más breve plazo posible. Su espera sólo duró cinco minutos.
– ¿Mercedes Ruiz, dijo una voz femenina, que me quiere usted señor Isturiz Chiesa?
– Buenos días señora Ruiz, contestó con educación  este último. Querría hablarle de Pedro García, en privado.
– ¿Cómo puedo ayudarle? Creía que este asunto había sido declarado como clasificado por la policía española.

– Trabajo para la señora Carolina Salvo quien quiere darle otro impulso a la investigación. En efecto, la señora piensa que la investigación no ha sido llevada al cabo.
– Bien reconozco a la señora en eso. Usted sigue sin contestar a mi pregunta.
– Estoy en posesión de elementos que me gustaría estudiar con usted. Esto le concierne en primer lugar.
– Esta historia no me concierna. No quiero estar relacionada con  los problemas de Carolina Salvo.
– ¿A usted no le gustaría saber qué  le ocurrió a Pedro García y si sigue estando con vida?
– ¡No!
Después de esta última respuesta, Mercedes Ruiz le colgó de golpe el teléfono a su interlocutor. Alejandro Isturiz Chiesa se dijo que había atrevido a jugar pero que había perdido, por lo menos la primera manga. Para él, esta conversación era suficiente para esta jornada. Alejandro Isturiz Chiesa esperaba que esta conversación llevara Mercedes Ruiz a reflexionar sobre el asunto y a preguntarse por qué un detective privado se interesaba por ella.

El resto del día fue dedicado a las revisiones habituales con Carmen Cruz y Marco Vila. Este último había logrado crackear el sistema de mensajería electrónica que utilizaba Mercedes Ruiz. Copiaba en directo los mensajes que estaba escribiendo Mercedes Ruiz así como los de su asistenta. Además, tenía acceso a la agenda compartida de la dirigente neerlandesa y de su equipo. La tan esperada información no llegó. En ningún momento Mercedes Ruiz utilizó este modo de comunicación para contactar con su marido o con cualquier persona a propósito de la llamada telefónica de Alejandro Isturiz Chiesa. Carmen Cruz no tenía ninguna información nueva que anunciar. A priori nada iba mal en el matrimonio Van Heuvel. La pareja respetaba al pie de la letra sus obligaciones de personas públicas, tenía entrevistas en los medios locales en los que exhibía su apoyo a numerosas asociaciones caritativas o dedicadas a la salvaguardia del medio ambiente.

Alrededor de las siete horas de la tarde, mientras estaba a punto de llegar al restaurante del hotel, el detective privado recibió una llamada telefónica de la recepción.
– Señor Isturiz Chiesa, una dama pide verle.
– ¿Quién es?
– No quiere decirme su nombre.
– ¿Puede usted reservarme una sala privada para ella y yo? La recibiré en este lugar.
– Me encargo de eso. ¿Qué le digo a la señora?
– Dígale que espere a que la sala esté lista y que vendré a buscarla.
– La aviso y luego volveré a llamarle en cuanto esté todo listo.
– Gracias.

Alejandro Isturiz Chiesa colgó el teléfono. Sin la menor sombra de duda, Alejandro Isturiz Chiesa estaba seguro de la identidad de la persona que le estaba esperando en la recepción: se trataba de Mercedes Ruiz. Esta última había debido cogitar seriamente todo el día después de su corta conversación telefónica con un detective español encargado por Carolina Salvo, su rival de antaño que se había convertido en su enemiga jurada. Diez minutos más tarde, la recepcionista volvió a llamar por teléfono a Alejandro Isturiz Chiesa para avisarle de que la sala Rembrandt estaba lista y que le estaba esperando la misteriosa desconocida. Alejandro Isturiz Chiesa pidió que se abasteciera el espacio privado de bebidas frescas y se avisara a la dama de su llegada inminente.

Primero Alejandro Isturiz Chiesa fue a la recepción para recuperar los códigos de la sala Rembrandt luego se dirigió hacia el lugar de encuentro con Mercedes Ruiz. Al llegar a la sala, llamó a la puerta acristalada y entró. Una gran mujer rubia de ojos azules, vestida de un traje de etiqueta, estaba de pie mirando las reproducciones de obras maestras flamencas colgadas en las paredes.
– Alejandro Isturiz Chiesa, se presentó el detective privado dándole la mano a la señora Ruiz.
– Mercedes Ruiz, contestó la dama sin mover ni siquiera el menor dedo.
– ¿A qué debo su visita? Preguntó Alejandro Isturiz Chiesa sin asombrarse ni un momento por la descortesía aristocrática de su interlocutora.
– A su llamada telefónica de esta mañana, por supuesto.
– Tome asiento, no vamos a quedarnos de pie durante toda la conversación por muy breve que sea.

Mercedes Ruiz se dignó a sentarse en una de las butacas de estilo barroco que adornaban la sala. Alejandro Isturiz Chiesa le ofreció un vaso de agua con gas que Mercedes Ruiz rechazó sin miramientos. Parecía tener prisa por llegar a lo esencial, llegar a lo por qué había venido a hablar con él.
– ¿Por qué me llamó usted esta mañana?
– Ya se lo dije. Retomo el cargo de la investigación sobre la desaparición de Pedro García a petición de su esposa Carolina Salvo. Unos desarrollos inesperados en mi investigación me llevaron hacia usted, por eso he venido a encontrarme con usted sin que mi clienta sea informada, prefiero confesárselo de plano.
– ¿Por qué usted no quiere hablarle de  mí?
– Porque sé lo que le hizo Carolina Salvo a usted en Barcelona en los tiempos de la primera galería de arte. Considero que usted ya sufrió bastante en aquella época y que es inútil seguir erre que erre. No hago parte de estos miembros de mi corporación a quienes les gusta hurgar en los cubos de basura en busca de la exclusiva del año, y cuyo mayor placer es reavivar las penas enterradas de los ricachos de este mundo.
– Lo sé. Me tomé el tiempo necesario para informarme sobre usted antes de decidirme a dar el paso.
– Entonces, usted sabe que no le incriminaría si usted es inocente en este asunto.
– No tengo nada que ver con la desaparición de Pedro García, sea usted persuadido.
– Ya lo soy, créame en la palabra. A pesar de lo que dijo Carolina Salvo no quiero interrogarla en calidad de sospechoso sino que en calidad de testigo.

– ¿Estaría usted suponiendo que pudiera haber visto unas cosas de las que no me acordaría?
– Eso es.
– Si su reputación de rigor científica no abogaba en su favor, le contestaría que usted es un peligroso fanático.
– Entiendo su estupor. Lo que voy decirle ha sido relacionado por mi equipo compuesto de miembros de salud mental irreprochable y cuyas pequeñas células nerviosas funcionan a toda marcha con método y cuidado por los detalles.
– Me alegro por usted. ¿Y luego qué?
– Voy a explicarle nuestro razonamiento de criminólogos expertos. Le pido que no me  interrumpa antes del fin de mi demostración lógica aunque en ciertos momentos usted empiece a ponerse nerviosa ¿Estamos de acuerdo en este punto, o no?
– ¿En realidad no tengo elección, tengo?
– Usted es mayorcita y está curada de espantos. Sin embargo, pienso que, algún día,  lo que voy a decirle será descubierto por otra persona, ya que Carolina Salvo nunca se dará por vencida, y esto hasta la muerte.
– Anda, deme a conocer sus teorías.

Alejandro Isturiz Chiesa empezó por un recapitulativo de los hechos tal como estaban relatados en las investigaciones precedentes. Subrayó las zonas oscuras y las certezas comprobadas sin emitir ningún juicio de valor sobre la calidad de los trabajos ya efectuados. En cuanto acabó con este preámbulo, dio a conocer las bases de su nuevo enfoque, preservando el lado científico para que sirviera de argumentación en un eventual debate. Por fin, abordó el meollo de su argumentación sin mencionar al Doctor van Heuvel sino que poniendo de relieve las hipótesis de su razonamiento. Mercedes Ruiz escuchó sin rechistar. Parecía cada vez más interesada por el desarrollo de la argumentación pero respetaba el principio previo de no intervención.

El detective privado acabó su argumentación con una pregunta muy sencilla que éste ardía  en deseos de formular desde su llegada.
– ¿Ante toda, señora, qué piensa usted de este asunto?
– Bien conocía a Carolina Salvo y Pedro García. La desaparición de este último me sorprendió en aquel momento pero deduje rápidamente que Pedro  había intentado huir esta vida que se había vuelto inaguantable por culpa de su esposa castrante. No obstante, muy rápido me había desinteresado por este suceso que daba importancia a personas que no quería ver más y por quienes no sentía ninguna estima.
– ¿Usted le habló de sus desventuras barcelonesas a su marido?
– Al principio, oculté la razón de mi regreso a los Países Bajos a Christian. Contarle mis sinsabores no me parecía la mejor manera para ponerme en contacto con él y seducirle. Para mí, era un dirigente prestigioso además de un hombre de mucho corazón. Sin embargo, luego, después de nuestra boda, le confesé que había sido expoliada injustamente de mis derechos en la galería que había creado con Carolina Salvo y Pedro García.
– ¿Cuál fue su reacción?

– Manifestó empatía, añadiendo que había conseguido volver a levantarme y que finalmente incluso fue ese acontecimiento que generó mi carrera presente. Mis errores de juicio me enseñaron el valor que tiene la gente con la que uno se asocia cuando se crea una empresa que agencia dinero y que se vuelve famosa. Christian me apoyó aún más con mis actividades comerciales. Hallé en él más que un marido cariñoso. Se convirtió poco a poco en un mentor y me ayudó a perfeccionar mis talentos de empresadora. Por esa razón, le debo mucho y le estaré eternamente agradecida.
– ¿Ustedes volvieron a hablar de eso después de su confesión?
– No, jamás. Había cortado por lo sano. Su reacción me había aliviado. Toda idea de venganza había desaparecido de mi mente, si eso era lo que usted querría dar a entender.

Alejandro Isturiz Chiesa concluyó que la continuación se volvería difícil. Mercedes Ruiz adoraba a su esposo y él le devolvía ese amor. Durante su argumentación, Alejandro Isturiz Chiesa no acusó al Doctor van Heuvel sino que esperaba que fuera su interlocutora la que adivinara ella misma la conclusión evidente de su razonamiento. Aparentemente, el amor la había dejado ciega hasta el punto de no considerar la evidencia como una posibilidad. En su descargo, no era avezada a los asuntos criminales. Su cerebro creativo no se orientaba naturalmente hacia la sospecha o la deducción lógica. Seguramente, eso era lo que la había conducido a la ruina durante la etapa barcelonesa, cuando aún confía en su amiga Carolina Salvo.

El detective privado Alejandro Isturiz Chiesa tenía que encontrar la forma más elegante de concluir esta cita improvisada. No podría aprender nada más de Mercedes Ruiz ya que para él, era inocente.
– Creo que hemos tratado a fondo el tema, dijo Alejandro Isturiz Chiesa. Propongo que dejémoslo aquí. La agradezco por su visita.
– Abandoné una recepción de la alta sociedad para reunirme con usted aquí, contestó Mercedes Ruiz. Usted me expuso sus argumentos pero se guardó de darme su convicción íntima.
– Así son las cosas en este tipo de  investigación. Aunque estoy seguro de que usted no puede ser sospechosa, no le revelaré la dirección que pienso perseguir. Para evitarle sorpresas inesperadas, me atreví a decírselo sin más preámbulos por si algunas orejas indiscretas escucharían nuestras conversaciones presentes o futuras.
– Usted se cuida mucho de decir más de la cuenta o tal vez  ha hablado demasiado.

Alejandro Isturiz Chiesa sonrió en lo interior. Por fin, el detective privado había encontrado la réplica. Bastaba con darle miedo a Mercedes Ruiz revelándole que, desde el inicio de su investigación,  estaba bajo vigilancia. Hasta debería hablar un poco más, en caso de que Mercedes Ruiz tuviera la buena idea de abrirse a su marido. Así, mataría dos pájaros de un tiro: la forzaría a hacerse preguntas y sobre todo llevaría al Doctor van Heuvel intentar  algo.
– Me arriesgo mucho al contarle todo esto.
– En caso afirmativo, nos arriesgamos juntos. Estoy lista, créame.
– Desde que me encargué de las investigaciones sobre la desaparición de Pedro García, mi equipo y yo estamos bajo vigilancia continua.
– ¿Según usted, quién le puso bajo vigilancia?
– De lo que estoy seguro es que, mi propio empleador, la agencia Corteza, comisionó a agentes para escucharnos, seguirnos la pista a mis colaboradores y yo, piratear nuestros ficheros, y me quedo corto. No puedo hacer nada contra esto. Ninguna contramedida es eficaz en este caso.
– ¿Por qué usted estaría bajo los focos de su empresa?
– Sospecho que es  Carolina Salvo quien quiere cortocircuitarme en el caso de que encuentre al culpable. No sería la primera vez que una clienta tiránica decidiera bajo su sola autoridad de la manera de poner fin a una investigación criminal.

– En eso la reconozco inmediatamente. Si usted encuentra a Pedro García, Carolina querrá asegurarse de que usted no lo dejará desvanecerse en la espesura en vez de hacerle volver a su perrera.
– Estoy de acuerdo. Sin embargo, Corteza no es mi única preocupación.
– ¿Le estará vigilando alguien más?
– Es peor que eso. Estamos siendo manipulados de afuera. Esto no se parece al toque personal de Corteza. Hasta diría: los que actúan de este modo procuran volvernos paranoicos hasta el punto de apuntarla como si fuera la sospechosa ideal.
– Sin embargo usted afirmó que no me sospechaba.
– Ya no pero esto es nuevo. Mis asistentes detectaron demasiadas incoherencias en la pista que nos lleva a usted. Decidimos investigar en otro lugar. Desgraciadamente, las maniobras en su contra persisten y nuestros manipuladores desconocidos dejan caer pequeñas piedras por todas partes para incriminarla.

– Bastaba con sus argumentos precedentes  para disculparme. ¿Me he perdido de algo?
– Usted tiene toda la razón. Pienso que nuestros indiscretos conspiradores habrán entendido nuestro cambio de opinión y cambiaron su estrategia manteniendo el objetivo.
– ¿Cuál es el objetivo?
– Lo repito: quieren hacerle cargar el fardo. Su plan no carece de audacia. Se esmeran en hacer convergir las pruebas en su marido.
– ¿Usted lo cree también?
– Ésta no es la pregunta que le concierne. Si estas pistas comprometen al Doctor van Heuvel mientras estamos bajo la vigilancia de la agencia Corteza, Carolina Salvo tendrá mil razones para pensar que usted es la causa de la desaparición de Pedro García. No podría contraatacar ya que los que me están vigilando en el seno de mi propia compañía disponen exactamente de las mismas informaciones que yo. La manipulación es perfeccionada hasta tal punto que, cualquier que sea mi decisión o mi convicción íntima, tendría que ser yo la espada que debería supuestamente cortarle la cabeza.

A Mercedes Ruiz le costó mucho acusar el golpe. Hasta este momento su mirada era decidida pero se volvió confusa. Un ambiente de pánico apareció en sus ojos. Muy rápidamente recobró el dominio de sí misma, preocupada por preservar su imagen de mujer de carácter y dominadora frente a este detective privado del que no había oído hablar nunca hasta nada más que la víspera. Alejandro Isturiz Chiesa supo entonces que su mentira había funcionado de maravilla. No le quedaba nada más que esperar que las frutas caigan del árbol una por una.
Alejandro Isturiz Chiesa decidió concluir la sesión de modo magistral, recalcando aún más el registro del espionaje.
– Pienso que es mejor detenernos  aquí para hoy. He securizado la sala antes de venir pero no puedo garantizarle nada al salir de aquí. Por eso, propongo enviarle mañana un medio de comunicación más seguro. ¿Qué le parece a usted?
– No sé. Tengo que  hablar de eso con mi marido. Sabrá aconsejarme y juzgará si usted es digno de confianza. Quizás hasta deseará encontrarle.
– Entiendo. Dígale que, por mi parte, estoy de acuerdo con una entrevista discreta en el lugar de su elección.
– Gracias señor Isturiz Chiesa.
– Buena suerte, señora Ruiz.
Mercedes Ruiz saludó a Alejandro Isturiz Chiesa con un apretón de manos. Este último sintió que la señora temblaba pero no dejó  filtrar nada. Acompañó a su visitante hasta la recepción donde llamó un taxi para volver a su casa.
El detective privado fue al restaurante donde se ofreció una comida gourmet que había merecido. El día siguiente, regresaría a Madrid para avisar a Carmen Cruz y Marco Vila de los últimos acontecimientos y sobre todo de la conducta a seguir.

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